¿Administramos bien nuestro tiempo?
Seguro que recuerdan muchas situaciones en su vida en las que el tiempo se les ha escurrido como arena entre los dedos sin hacer grandes cosas y otras en que, en el mismo tiempo, han realizado un montón de actividades y les ha parecido que el tiempo era mayor.
¿Acaso el tiempo se alarga?
La realidad es que el tiempo en sà mismo no se alarga. Lo que cambia es la percepción del tiempo en nuestro cerebro.
El tiempo es el mismo para todos, todos los dÃas: 24 horas. En función de las cosas a las que cada uno se dedica, aquellas a las que da prioridad, bien sean en el ámbito profesional o en el personal, cada cual toma conciencia del tiempo de diferente manera.
Por ejemplo, mientras un arqueólogo valora el paso de los siglos, un enólogo es consciente del paso de los años para obtener un buen vino; un anciano valora cada dÃa; un niño ilusionado ante la llegada de los Reyes Magos se conciencia del paso de las horas; el viajero a punto de perder el tren es consciente de la importancia de un minuto; o, para un corredor de fórmula 1, su medalla puede depender de una fracción de segundo.
El tiempo es un recurso especial y sólo depende de nosotros cómo lo utilicemos.
El tiempo es un recurso que se nos entrega a todos por igual. La utilización que hace cada uno de su tiempo es lo que diferencia al polÃtico del administrativo, al empresario del empleado, al escritor del vendedor de periódicos.
Cada uno de nosotros establecemos prioridades para la utilización de nuestro tiempo.
Hay un pequeño cuento que ilustra, de manera muy clarificadora, acerca del uso del tiempo:
“En cierta ocasión, un caminante que paseaba por el bosque se encontró con un leñador que estaba en mitad de una explanada, rodeado de una gran cantidad de troncos que, poco a poco y con gran esfuerzo, iba serrando manualmente con su sierra de mano.
El caminante se quedó un momento obserbando cómo trabajaba el leñador y el enorme esfuerzo que estaba realizando. Prestó atención a su forma de serrar y se dio cuenta de un detalle que le llamó la atención. Los dientes de la sierra que estaba utilizando estaban romos.
Se decidió a acercarse a saludad al leñador:
- Buenos dÃas, señor. Veo que es usted un trabajador infatigable. ¿Tiene mucho trabajo?
- No se lo puede usted ni imaginar. Eche un vistazo alrededor…
- He visto la sierra que está usted utilizando. Y me he fijado en que tanto el filo como los picos parecen bastante despuntados. Tal vez serÃa bueno que se detuviese un momento para afilar la sierra…
- ¡Pero qué dice! ¿Que pare de serrar? ¿Es que no ha visto la enorme cantidad de troncos que tengo que terminar de cortar hoy?
El caminante prosiguió su marcha pensativo:
- Tal vez todos deberÃamos dedicar algún tiempo a preparar nuestras herramientas antes de ponernos a trabajar.”
Y ahora les lanzo algunas preguntas:
- ¿Cuánto tiempo dedican en su negocio, en su organización a la planificación, a afilar la sierra?
- ¿Qué tareas se realizan antes, las que son realmente importantes, las urgentes o las que resultan más sencillas?
- ¿Cómo se establece la diferencia entre lo urgente y lo importante?
Cuando nos ocupamos de lo urgente en lugar de lo importante, estamos siempre apagando fuegos. Y esta actitud de aturdimiento por lo urgente acaba, inevitablemente, provocando estrés que, a su vez, provoca ineficacia, inefectividad y disminución de la rentabilidad.
La buena noticia es que el responsable de la percepción del tiempo y de la priorización en las tareas es, únicamente, nuestro cerebro. Por tanto, modificando hábitos, mejoraremos nuestra eficacia, reduciremos nuestro estrés e, incluso, podremos planificar de mejor forma nuestros hobbies.
